La interculturalidad empieza en casa

Publicado: junio 26, 2009 en ENSAYOS

 

Una aproximación teórica: Comunicación, Interculturalidad y Género

Silvia Campos Villanueva

AUTORA : silbermica@yahoo.es 

I.                   Introducción

 

El presente trabajo pretende resaltar la importancia del abordaje teórico desde las teorías de la Comunicación, pasando por los enfoques de interculturalidad y género, ante situaciones desafiantes del contexto, en este caso en particular la identidad cultural y la situación de las mujeres como sujetos del proceso de la comunicación.

 

En la primera parte se presenta un acercamiento a las culturas y sus representaciones  sociales vinculándolas a la problemática de la imagen de mujer en los medios masivos de comunicación, en un segundo momento se recogen los planteamientos teóricos desde la Comunicación, el Desarrollo y las propuestas teóricas para la Interculturalidad y el Género.

 

Finalmente, se reivindica la necesidad de aprender a reconocerse para reconocer a “los/as otros/as” desde una comunicación intercultural y no sexista. 
 
II.           ¿El fin de la historia? ¿Su inicio?... Una continuidad histórica y cultural
 
Bolivia ha ingresado a un “nuevo milenio” con más de seis mil años en sus raíces acompañada de un fuerte discurso de “globalización” que encierra las mismas expresiones de discriminación y violencia de siempre [1]. 
 
Poder, verdad, democracia, mercado, mundialización y muchas otras palabras “sin alma” (ALEM: 2000, 32-34) han copado los espacios de información, de comunicación y  convivencia, llenando las cabezas y las almas de la gente, de pensamientos y sentimientos muchas veces confusos respecto a sus propias identidades, especialmente y para efectos del presente trabajo, sus identidades culturales. 
 
En primer lugar, siguiendo a Miquel Rodrigo Alsina se reiterará, aunque parezca obvio y de sentido común –el más común de los sentidos-, que son muchas las culturas para las que no estuvo próximo ni están viviendo ningún nuevo milenio, “la medición del tiempo es una convención cultural: el 1º de enero del año 2000 fue el año 5760 según el calendario judío, el año 2543 para los budistas y el 2126 para los budistas tibetanos, el año 1419 en el calendario islámico y el año del conejo para el calendario chino”[2].  
 
Por tanto, la cronometría es una convención social y al parecer lo que mueve más a una colectividad de personas en torno a ésta, no es tanto la búsqueda de sus  verdaderos argumentos y fundamentos, sino la aceptación social de la misma.
 
Por otra parte, como bien afirma Rodrigo Alsina, si bien el denominado Occidente y sus expresiones culturales, tienen una gran influencia sobre el resto de la humanidad, “universalizar a partir de lo propio y no de lo común es una actitud etnocéntrica". 
 
“Los juicios etnocéntricos están basados en el sentimiento de que nuestro grupo es el centro de lo que es razonable y correcto en la vida. Los otros pueden ser juzgados con nuestros patrones.” (Brislin, en Rodrigo Alsina, 1999), una mirada etnocéntrica impide absolutamente el acercamiento a otras culturas, peor aún la comunicación y la comprensión de las mismas, así lo refleja claramente este verso noruego:
 
Abajo y arriba
El mundo gira como loco
Mientras que yo en la noche de invierno paseo
Allí abajo, en el lado opuesto
Es día de verano de hecho
Son ellos que están allí
Y yo que estoy aquí
Y ya que el planeta es mío
Ellos son los que están de cabeza[3].
 
III.        ¿Y la construcción socio cultural de las identidades genéricas?
 
         En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de las canoas y los hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a los hijos y curtían las pieles de abrigo.
         Así era la vida entre los indios onas y los yaganes en la Tierra del Fuego, hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las máscaras que las mujeres habían inventado para darles terror.
         Solamente las niñitas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras ellas crecían los asesinos les decían y les repetían que servir a los hombres era su destino. Ellas lo creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas. (Eduardo Galeano)[4]
 
Uno de los temas transcendentales de los últimos años, al igual que el de la interculturalidad, es el de género. Si se combinan ambos enfoques o perspectivas se tiene un panorama bastante complejo y a su vez complementario, dado que las raíces de la dominación y subordinación de las personas, tanto en el caso de las culturas como en de los géneros, son  las mismas.
 
Toda persona ha sido socializada en una comunidad de vida que puede ser distinta a la de otra persona, aunque coexistan en la misma sociedad. Es decir que es posible que no tengan los mismos referentes culturales (RODRIGO ALSINA: 12). Recordemos, dice Rodrigo Alsina, que la creación de sentido es una actividad propiamente cultural y que la cultura es una matriz de sentido de las relaciones del ser humano, (…), así en relación a la diversidad cultural, lo que se produce es un fenómeno de atribución identitaria.  
 
Por otra parte, el hecho referido a las diferencias físicas condiciona de una manera importante el comportamiento de las mujeres y los varones, sin embargo ello no puede convertirse en silogismo y establecer que “si lo físico es distinto, lo psíquico es susceptible de continuar el mismo camino”[5].  
 
En este punto es fundamental aclarar que las culturas o los géneros no se “encuentran” o “desencuentran” sino son los seres humanos, las personas de una cultura o un género,  quienes se encuentran o no.
 
Maturana ha sentenciado sabiamente que hay al menos dos peligros espirituales que denotan seriedad y preocupación para el ser humano, el primero es “creer que es el poseedor de una verdad”, el segundo “creer que no siempre es responsable de sus actos” pero, finalmente señala, “el don más grande que la ciencia nos ofrece es la responsabilidad de aprender libres de fanatismos” (Maturana en Rodrigo Alsina: 14).  
 
Aquí es pertinente plantear entonces el denominado “dilema multicultural”: ser iguales, tener los mismos derechos, pero a la vez tener el derecho de ser diferente[6].
 
Esa diferencia que bien podría ser entendida y asumida como una riqueza y un potencial humano de incalculable valor, es la que históricamente se ha convertido en desigualdad y poco a poco se ha asimilado el término “diferente” como sinónimo de “desigual”. 
 
Recordemos –dice Miquel Rodrigo Alsina- por ejemplo, que la palabra española “extranjero” proviene del francés antiguo estrainger que procede a su vez de estrange, que significa extraño. De acuerdo con el Diccionario de español de María Moliner, la palabra “extranjero,-a” nos remite entre otros a los siguientes términos: “bárbaro”, “exótico”, extraño” o “indeseable”[7].
 
Ya que la lengua y su poderosa influencia en nuestras vidas ha sido el instrumento con el que se ha acuñado una imagen tan perversa de lo que es diferente a uno/a mismo/a, o a un grupo, Martin Luther King, tuvo y continúa teniendo toda la razón cuando expresa: “La gente se odia porque se teme; se teme porque no se conoce; no se conoce porque no sabe comunicarse; no se comunica porque está separada”[8].
 
IV.        El papel de la comunicación intercultural y no sexista
 

“A la mujer se la urde desde los medios como objeto de uso y no como sujeto de comunicación” señala Rosa María Alfaro[9], en la presentación del libro Presencia de la mujer en los medios de comunicación, de la Asociación de Comunicadores Sociales Calandria del Perú. La investigadora coloca el dedo en la llaga, pues habrá de entenderse este enunciado como la evidencia de que los medios de comunicación masiva consciente, cautelosa y sistemáticamente atentan contra la dignidad de las mujeres proyectando una imagen de las mismas como meros objetos y no sujetos en el proceso de la comunicación. 

 

Situación que ha permitido afirmar que “a pesar de las condiciones favorables para una mayor presencia de las mujeres (…) las culturas profesionales de las y los periodistas, y sus criterios de selección de informantes y construcción de agenda no incorporan criterios de equidad de género mínimos”[10], no sólo reproducen los estereotipos tradicionales discriminatorios, patriarcales y machistas (donde prevalece la supremacía de lo masculino sobre lo femenino), sino que son determinantes en la construcción y consolidación de las identidades genéricas impuestas por la sociedad y la cultura.  

 

A decir de Mercedes Rodríguez[11], representante de la Comisión de Asuntos de la Mujer de Puerto Rico, “los estereotipos sexuales se cuentan entre los obstáculos más afianzados con que tropieza la eliminación de la discriminación de la mujer y a ellos se debe en gran medida la denigración del papel y del potencial de la mujer en la sociedad. Los papeles tradicionales del hombre y la mujer se han enraizado profundamente y glorificado en el idioma, la educación, los medios de comunicación, la publicidad y las artes, a tal punto que hasta las mujeres se han hecho insensibles a su propia imagen de inferioridad”.

 

El estudio citado ha evidenciado que el uso de lenguaje sexista es una constante en los diferentes medios masivos de comunicación con variaciones que van desde el 45% al 80%, “entendiendo el silencio del lenguaje femenino esencialmente como exclusión o veto de un determinado espacio y no sólo como ausencia de palabra”[12].

 

Por otra parte, el lenguaje como manifestación humana no solo esta referida a lo escrito, a lo verbal, es decir a la palabra, sino también a lo paralingüístico, la transmisión de significaciones y representaciones sociales, por eso la importancia de tomar conciencia de los distintos significados de la palabras, porque la lengua está ligada a las estructuras culturales de una comunidad.   

 

“Las normas pueden variar en la perspectiva del mundo, las creencias, los valores, las normas y otros aspectos. Pero sobre todo pueden variar en cuanto a sus patrones comunicativos. Y es que en cada cultura, los individuos están conectados mutuamente mediante un sistema de codificación y decodificación particular: lenguaje verbal, gestos, tonos de voz, posturas faciales… que manifiestan lo que es real, correcto, bello y bueno en esa cultura.” (Kim, 1988:48)

 

“El tema de la comunicación social es un derecho humano básico, un derecho de los hombres y de las mujeres y que sirve de base para los demás derechos de las personas. Sin embargo no está garantizado. Poder incorporar la perspectiva de género en los medios de comunicación social, sería garantizar que las mujeres, las niñas, las jóvenes, los jóvenes, tengan acceso a los medios. El tema de la perspectiva de género en la comunicación apunta a ello, a que haya una comunicación más amplia, más inclusive, que contemple a las mujeres en toda su diversidad, en todas sus posibilidades y en todas sus potencialidades, y promueva su participación”[13].    

 

Lo que se suele denominar como comunicación para el desarrollo es el mapa de un doble recorrido. En primer lugar, está la comunicación que se erige como una variable dependiente del cambio social. En segundo lugar, la comunicación para el desarrollo señala una serie de luchas sociales, políticas y culturales que han demarcado el itinerario de lo que somos y deseamos ser.

 

Como afirman el colombiano José Miguel Pereira y Otros (1997), al relacionar comunicación y desarrollo se obtiene una expresión que opera como mapa. Así: su uso sirve, ya sea para designar aquella utopía modernizadora que, en nuestros países, le han encomendado a la comunicación la tarea integradora de la sociedad y la difusión de actitudes modernas para salir del atraso, como también para señalar las acciones -u las luchas- de diversos sectores de la sociedad por democratizar el acceso a los medios de comunicación y por ampliar el derecho a la libertad de expresión pública y la participación ciudadana[14].

 

A partir de la década de 1.970, cuando se instalan en el universo académico formal los denominados Estudios de la Mujer, inaugurando un proceso de cuestionamiento a los grandes relatos teóricos sustentados por las disciplinas de las ciencias, especialmente de las Ciencias Sociales y Humanidades. La nueva propuesta de re-leer las diferentes ciencias del saber humano, no sólo pretendió revisar si las mujeres estaban o no ausentes de los diferentes relatos, sino también y muy especialmente, si se encontraban presentes, cuál era la representación que se hacía de las mismas, así se abocaron a un proceso de deconstrucción de la información[1].

 

El concepto de género, aparece como un término que ayudará a resolver conflictos de enfoque que emergen en el desarrollo de los Estudios de la Mujer. Su introducción en los análisis sociales planteará una serie de rupturas en la forma cómo se habían entendido las relaciones entre los hombres y las mujeres de una sociedad, la condición y posición  de cada uno de ellos. En la década de 1.980 es más visible, a nivel latinoamericano, la incorporación del Enfoque de Género en las diferentes áreas del quehacer humano, muy especialmente en los denominados proyectos de desarrollo.

 

La Comunicación Intercultural, por su parte, reconoce que las culturas son distintas, de igual forma la cultura con la que cada ser humano se identifica también tiene sus diferencias. Es necesario iniciar realizando el esfuerzo de re-conocernos, conocernos de nuevo.

 

Efectivamente no se puede poner en común vivencias y visiones si no se comparte un campo cultural común, el espacio cultural común no significa homogeneización cultural, si no relaciones interculturales conociendo, respetando y potenciando la diversidad. Es importante, por tanto, desarrollar mensajes y códigos que permitan influir en esas desigualdades y ayuden restituir equidades respetando las diferencias y diversidades[15].

 

El neocolonialismo del mercado, las transnacionales y el colonialismo interno son una amenaza constante a la diversidad y a la posibilidad de mantener relaciones positivas y espontáneas, creativas, ya sea dentro de las propias culturas o con otras. Es un desafío sentir que podemos establecer relaciones entre culturas diferentes, aunque tensas y bajo riesgo de enfrentamiento (ALEM: 2000,48).

 

Por eso es importante el diálogo con “el otro”, mismo que debe ser crítico como autocrítico, como apunta Weber, “la interculturalidad bien entendida empieza por uno mismo” (Weber en Rodrigo Alsina: 242).    

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